Algunos fármacos prohibidos

La mayoría de los fármacos que usamos para tratar los síntomas de la fibromialgia actúan sobre el cerebro. Todos ellos son productos químicos que, además de producir el efecto deseado, también producen efectos secundarios. Por tanto, la posibilidad de que aparezcan nuevos síntomas o que se agraven algunos de los que ya existen es muy alta con estos fármacos.

Veamos algunos ejemplos frecuentes para entender este proceso. 

Las benzodiacepinas (diazepam, lorazepam, lormetazepam, alprazolam, clonazepam, etc.) y los hipnóticos (zolpidem) se utilizan para tratar los trastornos del sueño. Después de  cuatro semanas, se ha comprobado que ya no mejoran el sueño y sin embargo empiezan a aparecer efectos secundarios como alteraciones de la memoria, concentración, despistes, falta de respuesta muscular y caídas frecuentes al suelo por inestabilidad. Como puedes ver, estos efectos secundarios son iguales a muchos de los síntomas de la fibromialgia.

Otro ejemplo aún más dramático ocurre con los llamados opioides mayores (fentanilo, tapendadol, oxicodona, buprenorfina, morfina, codeína, etc.) y en menor medida –aunque depende de la dosis– con los opioides menores como el tramadol que se usa para el dolor. Con estos fármacos aparecen trastornos de la concentración todavía más importantes, debilidad muscular, cansancio, alteraciones digestivas, dolores de cabeza, alteraciones del estado de ánimo y en algunos pacientes, incluso, aumento del dolor generalizado cuando se pasa el efecto. Nuevamente, todos estos efectos secundarios son algunos de los síntomas que tienen los pacientes con fibromialgia.

Por si fuera poco, ambos grupos de fármacos producen dependencia y cuando se quieren retirar aparece un síndrome de abstinencia que complica aún más la situación de los pacientes que los toman.

Con esto no pretendo decir que no haya que recurrir a los fármacos sino que hay que estar seguros de que producen un beneficio en lugar de perjudicar la situación del paciente. Una buena medida es tomar solo aquellos que están recomendados, evitar aquellos otros como los de los ejemplos anteriores y suspender cualquier fármaco con el que no haya un beneficio claro. Todo ello siempre bajo control del médico que lleva tu caso.

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