Hasta ahora, hemos hablado solo de los fármacos que no deben tomarse (pinchar) o de las precauciones que debemos tener a la hora de administrar fármacos a las personas con fibromialgia (pinchar). Pero no hemos dicho mucho sobre los fármacos que hay que utilizar, ni con cuál empezar o cómo hay que seguir después del fracaso de la primera opción.

La razón fundamental es que el tratamiento con fármacos en la fibromialgia no está tan bien estructurado como en otras enfermedades y no es posible establecer un algoritmo que nos permita saber cuál es el fármaco ideal y en qué momento hay que administrarlo.

En primer lugar, los ensayos clínicos con fármacos en pacientes con fibromialgia muestran unos resultados globales de mejoría solo en un tercio de los pacientes y disminuyen la intensidad de los síntomas también un tercio del total, lo cual no es demasiado si lo comparamos con los tratamientos de otras enfermedades.

Tampoco existen demasiados ensayos clínicos diseñados para evaluar fármacos en monoterapia; es decir, utilizando solo y exclusivamente el fármaco, porque habitualmente el paciente con fibromialgia no puede prescindir de otros fármacos que toma y otras terapias que sigue para mejorar algunos de sus síntomas y esto limita de forma importante la interpretación de los resultados.

Por otra parte, también hay que tener en cuenta los efectos secundarios de muchos fármacos que se han probado en los últimos años y que han llevado a desestimar la indicación por ser inaceptables.

Por último, los ensayos clínicos realizados hasta el momento se han hecho en unas condiciones tan estrictas en lo relativo a la selección de pacientes que al final no resultan en absoluto representativos de la realidad de las personas con fibromialgia y por tanto los resultados no son totalmente aplicables al paciente común.

Para hacernos una idea de lo que suponen todas estas dificultades, a fecha de hoy solo existen dos antidepresivos (duloxetina y milnacipram) y un antiepiléptico (pregabalina) aprobados con la indicación de fibromialgia por la FDA americana, y ninguno de ellos está aprobado por la EMA europea.

No obstante, sabemos por experiencia que los antidepresivos o los antiepilépticos –entre otros–mejoran claramente al paciente con fibromialgia en varios de sus síntomas y por este motivo los utilizamos en su tratamiento.

Pero, ¿cuál utilizar en primer lugar?, ¿a qué dosis?, ¿hasta cuándo hay que esperar para ver su eficacia?, ¿hasta dónde es prudente tolerar los efectos secundarios?, ¿cuándo debemos cambiarlos?, ¿cuándo añadir más fármacos?,  y otras muchas preguntas, no podemos contestarlas en el momento actual de forma generalizada por lo que el uso de los fármacos depende en buena medida del criterio del médico y también de la respuesta de cada paciente. 

Por tanto, al no disponer de ensayos clínicos adecuados, el grado de evidencia científica que tenemos es pobre y ello no nos permite establecer unas recomendaciones o un algoritmo de utilización general en todos los pacientes, como sería deseable. En estos casos, no queda otra posibilidad que guiarse por el buen criterio y la experiencia del médico que trata.