Intolerancias y alergias alimentarias

Cuando alguien recurre a uno de esos test comerciales que hay para detectar intolerancias o alergias alimentarias, lejos de resolver un problema comienza a experimentar una serie de perjuicios que ni se había imaginado antes. Para empezar, se ha gastado entre 200 y 300 euros en algo que no le va a producir ningún beneficio.

Las intolerancias alimentarias están de actualidad y cualquiera diagnostica, o se auto diagnostica, una intolerancia recurriendo simplemente a estos test que se venden libremente en las farmacias y que no tienen ninguna validez científica, según ha sido reconocido por la mayoría de los especialistas en nutrición.

Estos test comerciales tampoco explican bien qué es lo que están evaluando, y muchos hablan indistintamente de alergias, reacciones adversas o de intolerancias, cuando son conceptos completamente distintos que hay que diferenciar bien.

Mientras que las alergias a determinados alimentos pueden llegar a ser enfermedades graves, las intolerancias por lo general son cuadros habitualmente benignos.

Las personas con alergia a alimentos suelen conocerlo desde muchos años atrás, ya que en algún momento de sus vidas han tenido algún episodio grave. Dentro de las más comunes están las alergias al marisco, pescado, frutos secos, caseína de la leche o piña, aunque no son las únicas.

En las alergias se produce una reacción aguda del sistema inmunológico con liberación de una serie de sustancias que son las responsables del cuadro clínico agudo y peligroso.  Deben ser diagnosticadas cuanto antes por un médico alergólogo que evalué su gravedad, y para ello no sirven los test comerciales.

La intolerancia alimentaria se produce cuando hay una digestión inadecuada de un producto determinado ocasionando una serie de síntomas digestivos. En realidad, no se deben considerar como enfermedades en el mismo sentido que las alergias pues dependen en buena medida de la cantidad ingerida, a diferencia de las alergias que con cantidades mínimas se pueden desencadenar reacciones graves.

El segundo inconveniente importante ocurre cuando a una persona se le dice que es alérgica o intolerante a uno o varios productos y tiene que dejar de tomarlos.

He visto en la consulta pacientes diagnosticados de intolerancia al gluten, lactosa y fructosa, junto a diversos tipos de alergia a diferentes alimentos. La pregunta que surge inmediatamente es qué comen estas personas, porque si no pueden comer alimentos que contengan estos productos tendrán que echar mano de otras cosas. El resultado se lo pueden imaginar: una dieta desastrosa y totalmente desequilibrada que ha convertido nuestra dieta mediterránea en otra difícil de definir pero que con toda seguridad no es tan saludable.

Las dos intolerancias que veo con más frecuencia son la intolerancia al gluten y a la lactosa. De la primera, ya hablé en un artículo anterior al que remito al lector (pinchar aquí).

Sobre la lactosa, me gustaría hacer aquí algún comentario.

La lactosa es un azúcar contenida en la leche. Todos los lácteos contienen lactosa en unas cantidades parecidas, con excepción de los productos condensados (leche condensada y chocolate con leche, por ejemplo), que contienen mayores cantidades.

Se calcula que una persona con cierto grado de intolerancia puede consumir hasta 12 g al día de lactosa sin problemas. Para tu información: un yogur contiene 4 g de lactosa (4000 mg).

Por otra parte, la lactosa se añade a muchos alimentos (fundamentalmente los precocinados, pero también panes, bollería o embutidos) que nada tienen que ver con la leche, por lo que la lista de productos que se debería eliminar de la dieta de un intolerante a la lactosa sería muy larga.

Los lácteos constituyen el mayor aporte de calcio y vitamina D de nuestra dieta por lo que su ausencia empeora también la salud del hueso, indispensable sobre todo en la mujer de cara a prevenir la osteoporosis.

Aquí, nos encontramos con otro perjuicio más y son los fármacos a base de vitaminas, minerales y oligoelementos que se le administran al paciente después de haberle quitado las fuentes naturales al suprimir los alimentos que los contienen. Esta polimedicación contribuye a medicalizar aún más a cualquier persona sana.

Para terminar, me gustaría contar una anécdota. Muchos fármacos utilizan la lactosa (excipiente) para vehiculizar el principio activo. Por ejemplo, un comprimido de ibuprofeno contiene 3 mg de lactosa, es decir, habría que consumir 1300 comprimidos para llegar a sumar la cantidad de lactosa que contiene un yogur. Pues bien, en alguna ocasión, algún paciente al que he prescrito un fármaco me ha pedido que buscara en el vademecun qué preparados había que no contuvieran lactosa porque era intolerante.

Esta anécdota puede dar una idea de otro perjuicio añadido, que es el estrés psicológico que puede sufrir una persona cuando se le hace un diagnóstico como este, sobre todo si no es cierto o está exagerado en alto grado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *